Miradas

febrero 3, 2012

XIMENA IANANTUONI: DOCTORA EN MATERNIDAD

Además de ser la esposa del prestigioso filósofo Alejandro Rozichtner, Ximena Ianantuoni es una profesional de la psicología dedicada a los estudios de la mujer, enfocada especialmente, en la maternidad. Un tema que no sólo conoce desde la teoría, sino también desde la práctica intensa como mamá de tres hijos: Andrés, Bruno y Félix.

Se define como una “cuidadora de sus amores”. Le encanta jugar en la plaza con sus niños y tomar Margaritas en la barra de un bar con su marido. Es una apasionada de la vida y del amor.

A partir del nacimiento de sus hijos, su camino laboral estuvo marcado por una fuerte impronta personal. Se dejó llevar por la intuición y se sumergió en las profundidades de la crianza para investigar todos sus secretos. Hoy, de hecho, se ha convertido en un referente del tema de la mujer en relación con la maternidad. En su blog Vamos Viendo relata a diario las reflexiones que le surgen de su trabajo profesional y de su vida en familia.

Nos encontramos a tomar un café con ella para conocerla de cerca y para que nos haga de guía en las aguas turbulentas del cuidado de los hijos y de la pareja… ¡Esperamos que disfrutes de nuestra conversación con Ximena tanto cómo lo hicimos nosotras!



Apasionada por el saber, la biblioteca de esta madre profesional rebalsa de títulos relacionados con las profundidades de la crianza y la maternidad. Fotografía de Alejandra López.


–¿Siempre quisiste ser madre?

–Sí, completamente. Desde los cuatro años hasta los quince fui a danza clásica y me iba tan bien que mi profesora quería que estudiara la secundaria en el Colón. Me acuerdo que, en ese momento, yo dije “cuando sea grande quiero ser mamá y quiero ir a la Universidad”, como que tenía esos dos deseos muy claros. No fui al Colón, seguí en el Lenguas Vivas. Mi mamá le puso mucho valor a lo intelectual en la crianza y a mí me tiraban más las ideas que otra cosa.

–¿Nunca consideraste incompatible la maternidad con ser una profesional universitaria?

–Para nada, siempre quise las dos cosas por igual. Cuando terminé la secundaria, quería estudiar Filosofía, pero como todo el mundo me cuestionaba acerca del trabajo que tendría cuando me recibiera, me puse a meditar una alternativa. Me decidí por Psicología porque a mí me interesaba saber qué le pasaba a las personas.

–¿Y cuándo lo conociste a Alejandro?

–Cuando terminé la carrera, después de una crisis existencial importante, me fui de viaje a Europa por unos meses. Cuando volví tenía que adquirir experiencia como profesional pero ad honorem y, a la vez, tener un trabajo de pocas horas para mantenerme. Entonces, me conectaron con Alejandro que, en ese momento, organizaba cursos de Filosofía y necesitaba una asistente para organizarlos. Termina siendo el típico cuento de la secretaria y el jefe. La chica a la que reemplacé me había dicho que Alejandro sólo llamaba por teléfono y que no iba nunca, pero resultó lo contrario, que venía siempre. Al principio, pensé que era para controlar un poco que hiciera bien el trabajo porque era nueva, pero con el tiempo cada vez se quedaba más tiempo.



Un estilo 100% Ximena: vive repleta de colores. Los accesorios, las estampas y las combinaciones excéntricas son su sello de autor. Fotografía de Alejandra López.


–¿Y qué te enamoró?

–Me fascinaba desde lo intelectual. Me encantaba y me encanta hablar con él. Me enamoró un hombre con la habilidad de jugar con las ideas y de combinar, a la vez, la sensibilidad. Me acuerdo que un ratito antes de que llegara, el corazón ya me latía a mil por hora, me ponía súper nerviosa. Los dos estábamos terminando historias anteriores. Al principio, fue medio complicado, pero después se armó algo muy lindo.

–¿Están casados?

–Primero nos fuimos a vivir juntos y después nos casamos. Nos encanta estar casados. Nosotros, los dos de padres separados, siempre decimos que nuestra rebeldía pasó por formar una familia tradicional completamente diferente de la que tuvimos cada uno por su lado.

–Y no seguiste siendo su asistente.

–Nooo… (se ríe). A pesar de que cuando me recibí no sabía muy bien qué quería hacer con el título, el trabajo se fue armando solo. Me fueron recomendando pacientes y con el tiempo tuve un pequeño grupo privado de clínica con mi consultorio. A la vez, hice una formación profunda en psicoanálisis.

–¿Y qué pasó cuando nacieron tus hijos? 

–Todo se modificó. Mi trabajo siempre estuvo vinculado a los momentos de la vida que me tocó atravesar, como si la experiencia personal me marcara el camino profesional. Con la maternidad me sumergí completamente en los temas de crianza y de puerperio. El consultorio se llenó de pacientes que eran madres. Se me abrió una rama nueva. Pero lo que me pasó no sólo se vincula con lo profesional, sino con la vida entera como mamá real. Con Andrés, el primero, pude organizarme para volver a trabajar enseguida, pero con Bruno y con Félix ya se me descontroló la situación, aunque siempre preservé un espacio propio distinto.



Con dos de sus cuatro amores, sus hijos Andrés y Bruno. Alejandro, su marido, y Félix, el más chiquito la admiran fuera de cuadro.


–¿Por qué es necesario cuidar ese espacio al margen de los hijos?

–Creo que el sentido de la vida no puede pasar sólo por los hijos. Si depositamos todo ahí, vamos por mal camino, tanto respecto de una misma como de ellos: para los hijos es muy pesado ser el sentido de la vida de la madre. El desafío no es entregar la vida entera, sino mantener un delicado equilibrio entre cuidarlos con todo el amor del mundo y no quedar desdibujada. Es un arte porque los niños piden muchísimo y no es fácil saber en qué cosas una se tiene que afirmar en lo propio y poner un límite.

–¿Hay alguna señal posible para darse cuenta?

–Hasta aproximadamente los tres años, el bebé es una parte de la mamá porque necesita cuerpo, presencia y sostén. Limitar eso no está bueno, pero a la vez, hay que tratar de ir haciendo un despegue gradual para que después no sea peor tanto para la mamá como para el hijo. Si la mujer se pierde a sí misma es un perjuicio para todos. Los hijos piden todo de una, pero no son todo para una: así es una maternidad sana. Si la mamá no cuida su vida propia se queda sin nada para darles a esos niños. Por eso, siempre pienso que debemos tener claro que todo lo que hacemos por nuestros hijos, también lo hacemos por nosotras mismas y que ese debería ser el eje de nuestro quehacer como madres.

–¿Cómo se hace para no perder de vista a la pareja?

–Es otro desafío. El estilo de crianza comprometido de las dos partes es muy bueno, ahora, conlleva el riesgo de que la pareja se convierta en un par de padres funcionales a los hijos, pero desencontrados entre sí. Para mí hay que cuidar la esencia de la pareja. Yo no me enamoré del “Alejandro papá de mis tres hijos”, sino del hombre que hacía un juego muy sensual con las ideas. Siempre aconsejo que se pauten días para encontrarse con el otro sin los niños alrededor. Hay que cuidar mucho lo que te liga con esa persona más allá de los hijos, lo que te unió cuando se conocieron, cuando se enamoraron.

–Tu hijo más chiquito tiene tres años, ¿en qué etapa de la maternidad estás?

–Mis niños ya están en el colegio. Es un momento nuevo. Ya pasó la época de la mamá gallina porque ellos necesitan un mundo nuevo y yo también. Ahora me pregunto qué viene: soy mujer, tengo 40 años, me dediqué todos estos años a mis hijos. Lo siento como un renacer.

¡Bienvenida la nueva etapa, Ximena! Y vos, ¿qué opinás acerca de todo lo dicho por la mujer real que elegimos para conversar? ¡Contános!


Comentarios

María

febrero 5, 2012

Me copa el punto de vista de Ximena, tanto como la filosofía práctica y positiva que propone su marido, Alejandro.Me parece muy bueno que haya mujeres que se dediquen a pensar la maternidad.¡Ídola Ximena!


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